San Vicente de Munilla (La Rioja)


Todo el texto expuesto a continuación son extractos de un magnifico libro llamado "San Vicente de Munilla: La aldea abandonada y sus gentes" de Abel Marrodán Pellejero y Carmelo Mazo Gil.

Rondando los 1.000 metros de altitud se encuentra el hermosisimo pueblo de San Vicente de Munilla.
Perteneciente al municipio de Munilla, se sitúa sobre un elevado promontorio flanqueado por dos barrancos: La Cárcara y Fuentemarin.
Inviernos largos y fríos padecían en esta abrupta población que nunca conoció más que caminos de caballería para llegar hasta sus muros.
Las casas estaban orientadas unas hacía el este y otras hacía el sol de mediodía para combatir el cierzo del Norte y el viento de Poniente que llegaba de Nido Cuervo.
San Vicente estaba conformado por algo más de cincuenta viviendas, contando con un numero aproximado de trescientos habitantes a principios de siglo XX.
Tierras ásperas y duras para la agricultura, su producción se basaba en el trigo, con la cebada en menor medida.
Bajaban a moler el grano a la fabrica de harinas de Enciso.
Más importancia tenía la ganadería como es preceptivo en las zonas de alta montaña.
Las ovejas y las cabras eran la base sobre la que se sustentaba la ganadería. Contaban con el inconveniente de tener en algunos casos los corrales y majadas a bastante distancia del pueblo, en ocasiones hasta una hora de camino, problema que se acrecentaba en invierno con las nevadas y el mal estado de los caminos.
Valeriano de San Pedro Manrique fue durante muchos años el cabrero del pueblo y dejó un grato recuerdo en la memoria de las gentes de San Vicente.
Los carniceros de Munilla subían periódicamente a San Vicente a abastecerse de corderos y cabritos.
Pero el gran aporte extra a la economía de las casas llegaba por medio de los jornales que ganaban hombres y mujeres en las fabricas textiles y de calzado que había en Munilla.
Algunos hombres también tenían buen trabajo en la construcción y eran muy reclamados desde Munilla.
En los años cincuenta algunos jóvenes sanvicenteños iban a trabajar a la inacabada carretera que habría de comunicar Munilla con Robres del Castillo. Ganaban 18 pesetas al día a costa de un duro trabajo y de realizar un considerable trayecto monte a través desde su pueblo hasta el tajo (por el lado de Robres). La desaparición de las fabricas textiles de Munilla provocó la falta de interés en continuar con el trazado de la carretera que hubiera acortado mucho las distancias con Logroño.
Desde 1924 contaron con luz eléctrica en el pueblo proveniente del molino Gil de Las Ruedas de Enciso. Solo hasta el año 41 contaron con este gran adelanto de la electricidad. En ese año unos fuertes vientos huracanados causó graves destrozos en el pueblo, entre ellos toda la instalación eléctrica, por lo que las gentes hubieron de volver a las velas y los candiles de aceite o carburo.
Quince años estuvieron sin esta modernidad que hacía un poco más confortable la vida en San Vicente, hasta el año 56 cuando por segunda vez llegó suministro eléctrico al pueblo. La empresa suministradora fue la Hidroeléctrica del Moncayo y llevó la luz desde Munilla.
Pero en el año 68 hubo un nuevo corte de suministro y esta vez definitivo. En ese año había mermado muchísimo la población, apenas quedaban unos pocos vecinos, por lo que la empresa suministradora no consideraba rentable el mantenimiento. Por segunda vez tuvieron que emplear los candiles para poder alumbrarse. La suerte ya estaba echada y en poco más de tres años ya no iba a hacer falta ningún tipo de aparato de iluminación.
Hasta 1932 tuvieron cura residente en el pueblo en la persona de don Enrique natural de Arnedillo, vivió en la casa rectoral en compañía de su madre y una hermana.
Desde ese año los sucesivos sacerdotes subían a oficiar los actos religiosos desde Munilla. Don Eladio, don Sergio y don Germán fueron algunos de los que les toco realizar tal cometido en años subsiguientes.
Para realizar compras se desplazaban a Munilla donde previamente llevaban excedentes agrícolas y animales de granja para su venta debido al gran volumen de población que había en aquel pueblo por el auge de las fabricas.
Para abastecerse de vino se desplazaban con caballerías hasta el pueblo de Herce. Tres horas de ida y otras tantas de vuelta.
El patrón del pueblo era San Vicente mártir al cual celebraban fiestas el 22 de enero.
La víspera se hacía una gran hoguera en la calle de la iglesia con leña que previamente habían recogido los jóvenes por las casas. Después de cenar era cuando se encendía, pasado un tiempo cuando ya se había consumido, se rastrillaban las brasas y era el turno de los más atrevidos que descalzos y llevando a una persona montada a caballo pasaban por encima. Los que ya sabían pisar y tenían experiencia no se quemaban pero los novatos o los asustadizos si, aunque nunca se quejaban.
Al día siguiente tocaba la diana mañanera con los músicos recorriendo las calles del pueblo.
A las doce era el gran volteo de campanas que anunciaba el comienzo de la misa mayor que era cantada por los mozos y mozas.
Acto seguido llegaba la procesión con el Santo al que le ponían cuatro roscos grandes que posteriormente se subastaban. Había años que no se podía realizar la procesión porque al ser en enero una considerable capa de nieve cubría las calles del pueblo.
Después breve ronda con los músicos por el pueblo para marcharse cada uno a su casa a comer.
Por la tarde quedaba el baile en el salón situado debajo de la escuela que se usaba para estos menesteres.
Al otro día quedaba la fiesta chiquita. Era el día de los mozos. Había costumbre de ir pidiendo por las casas, donde les obsequiaban con morcillas, chorizo, chumarro, huevos, alguna botella.... y se sorteaba posteriormente en que casa se daría cuenta de una opípara cena con todo lo obtenido.
Los músicos venían desde el pueblo de Santa Eulalia Somera. La semana anterior se había sorteado entre los mozos a quien les tocaba darle cama y comida.
A principios de los 50 Adolfo Pellejero que había estudiado solfeo enseñó a varios jóvenes del pueblo a tocar instrumentos y así crearon una orquestina (dos clarinetes, saxofón, trompeta y batería). Aparte de tocar en las fiestas del pueblo eran solicitados en diversos pueblos de los alrededores.
El primer fin de semana después del 1 de junio celebraban la fiesta de la virgen de Arriba, donde hacían una misa, una procesión y una subasta de las roscas que previamente se habían puesto en las andas.
En septiembre tenían la fiesta de Acción de Gracias cuando ya se habían terminado las faenas de la recolección de las cosechas. Repetían los mismos actos que en las anteriores fiestas.
Muy celebrada también en San Vicente de Munilla era la Semana Santa.
Se hacía la procesión el Jueves Santo por la tarde, previamente se había subastado quien había de llevar la cruz grande de madera así como el pendón o diversos palos.
En los años en que no había luz las gentes sacaban a las puertas de sus casas los candiles o faroles con velas para que estuviera bien iluminadas las calles por donde iba a pasar la procesión.
El Sábado Santo por la noche los mozos ponían ramos de flores blancas de cerezo en las ventanas de las mozas.
Finalizaban estas fiestas religiosas con el domingo de Pascua donde se hacía la quema del Judas, muñeco vestido con ropa vieja y relleno de paja que colgado de un alto en la calle se le prendía fuego.
No podía faltar en los meses de noviembre y diciembre el ritual de la matanza con todo el preparativo que llevaba y su posterior elaboración. Gran unión y armonía entre familiares y vecinos quedaba patente en estas fechas.
Los mozos también sacaban provecho de ello, pues pasados unos días iban por las casas donde habían hecho matanza, con la guitarra y acordeón delante de cada casa cantaban algunas estrofas:
                                               A ti te digo Maria
                                               que no te hagas de rogar
                                               que nos bajes la morcilla
                                               para irnos a cenar.

Con lo obtenido hacían una cena acompañado de buen vino en alguna casa para continuar la noche con juegos de cartas.

En 1950 aún vivían en San Vicente de Munilla alrededor de 250 personas, pero a partir de aquí el declive de población fue vertiginoso, quedándose vacío el pueblo en poco más de veinte años.
¿Y que pasó para que un pueblo relativamente grande se despoblara tan rápidamente?
Los motivos habría que buscarlos en varios factores pero el más primordial fue la decadencia de la industria textil y del calzado en Munilla que afectó sobremanera a San Vicente y a numerosos pueblos de la comarca. Las fabricas fueron trasladadas a Arnedo y a Logroño donde se daban mejores condiciones para seguir realizando dichas actividades, con lo que varios sanvicenteños se quedaron sin trabajo, además Munilla perdió drasticamente gran parte de su población, lo que de rebote repercutió en los pueblos de alrededor al no tener ya quien les comprara productos agrícolas ni animales de cría. A ello se le añade el aislamiento que tenía San Vicente sin una misera pista de acceso que permitiera hacer desplazamientos con más comodidad, la dureza del clima, el poco rendimiento que se le podía sacar al terreno, el efecto dominó en que unas personas fueron arrastrando a otras hacía la emigración. Todo ello fue la combinación perfecta para que San Vicente de Munilla se quedara totalmente despoblado en el año 1971, con la marcha de los últimos que allí quedaban; el matrimonio formado por Victoriano y Manuela.
Los sanvicenteños se marcharon principalmente a Logroño, Calahorra, Arnedo, al pueblo navarro de San Adrián y Barcelona. En una primera oleada migratoria en los años 30 y 40 varias familias se habían bajado a vivir a Munilla e incluso algunas dieron el salto hasta America.
A partir de aquí llegaron años de olvido y soledad para el precioso pueblo de San Vicente y no podía faltar la eterna cantinela común a todos los despoblados: un expolio cruel y vergonzoso.
En la década de los 80 se abrió una pista para acceder a los yacimientos paleontologicos cercanos de Peña Portillo y barranco de La Canal con lo que se aprovechó para hacer un rudimentario desvío al pueblo por medio de un carretil.
Acceso que sirvió para que el pueblo comenzara a verse invadido por una serie de hyppies, ocupas o neo rurales llegados de diversos puntos de España y del extranjero, intentando en algunos casos la cesión o arriendo de las casas, en otros casos ni eso, se metieron directamente en las casas mejor conservadas, lo que supuso un conflicto constante con los legítimos dueños de las viviendas.
En la actualidad hay un numero aproximado de siete neo rurales viviendo en el pueblo, aunque tienen una población muy fluctuante. En sus primeros años llegó a contar con 30 personas residiendo en el pueblo de manera discontinua.
En el año 1988 se creó la Asociación Cultural "Amigos de San Vicente de Munilla" por medio de varias personas nacidas en el pueblo para tratar de reconquistar su lugar de origen y que no se perdiera la memoria de San Vicente recuperando sus tradiciones y costumbres. Se pusieron manos a la obra y con un empeño entusiasta y vital fueron consiguiendo mejoras en los sucesivos años: el arreglo de la pista (con la colaboración de la Consejería de Medio Ambiente), rehabilitar el edificio de la escuela como salón de juntas, restauración de las dos ermitas, rehabilitación de algunas casas, instalación de placas solares, mantenimiento de todos los edificios así como recuperar el día de la fiesta en el mes de junio realizando una jornada de convivencia y confraternización con numerosas actividades.


Visitas realizadas en solitario en mayo de 1995, marzo de 2008 y mayo de 2014.


PUBLICADO POR FAUSTINO CALDERÓN.


Punto y aparte. Es mi tercera visita a este maravilloso deshabitado. Me sigue cautivando la belleza de este pueblo tanto como el día de mi primera visita. En especial esa plaza mayor impresionante, que me dejó prendado la primera vez que la ví hace ya veinte años. Cuando entras por la calle de detrás de la iglesia y te das de bruces con esta plaza la sensación es indescriptible; sorpresa, emoción. Poco ha cambiado; su forma cuadrada, su fuente en medio, sus preciosas casas asoportaladas y una sensación embriagadora de tristeza porque imaginar esta plaza en plenitud de vida tiene que ser la leche. Tiene hasta un cierto punto de claustrofobica (en el buen sentido). Pero es una autentica maravilla. Si me cautivó en su momento la belleza que emanaba la calle principal de Las Ruedas de Enciso la primera vez que la vi, lo mismo puedo decir de esta plaza. Fue un flechazo instantáneo a mi retina. Puedo afirmar que es la plaza mayor más hermosa que he visto en todos los despoblados que he visitado (siempre viéndolo desde el lado ruinoso se entiende). La cámara no se cansa de disparar, hay diversos ángulos para enfocar.
Visito la cercana iglesia, se le ha caído parte del techo y su interior presenta ruina total. Una colonia de corvidos se han hecho los amos del interior y están inquietos con mi presencia. Revolotean constantemente a la vez que emiten graznidos ensordecedores.
Salgo de la iglesia y recorro el pueblo por la calle principal que lleva hasta las eras de arriba. Preciosa calle. Veo a una persona que entra y sale de una casa pero no repara en mi presencia, en el lavadero veo a otra persona que tampoco parece hacerle mucha gracia mi presencia. Pero bueno ellos a lo suyo y yo a seguir disfrutando de la belleza de este pueblo. Me acerco hasta la ermita de la Virgen de los Dolores, cuidada con mimo. Se nota el buen trabajo de los hijos del pueblo por mantener sus emblemas más notorios. Desde allí la perspectiva del pueblo es muy bonita con los bancales otrora cultivados por debajo del pueblo. Entro otra vez al pueblo por una estrecha calle, algunas casas arregladas y aparezco otra vez en la plaza. Y es que no me podía ir sin ver una vez más este sorprendente reducto cuadrangular que tanto me seduce.




San Vicente de Munilla en 1995.




San Vicente de Munilla. Año 1995.
Panorámica del pueblo por la pista de llegada. Disposición alargada sobre la loma adaptándose al terreno. Precioso perfil.



Una de las entradas al pueblo. Precioso encuadre urbano.




Calle de la iglesia.




Entrando a la plaza Mayor. Casas asoportaladas. Fuente. ¡Impresionante! No hay palabras para describir la primera visión.



Otra entrada a la plaza. Soportales. Fuente en el medio. Edificios en los cuatro lados.



La plaza desde otro angulo. Fuente.

A EXPENSAS DE D. BLAS MORALES PEREZ Y DE SU ESPOSA Dª BLASA RUIZ DE VELASCO MARTINEZ.   Mayo de 1900.



"Vista aerea" de la plaza.




Soportales de la plaza.




Desde los soportales.




La iglesia parroquial de San Vicente. Se aumentó la altura de la espadaña y se la cerró por detrás con una torre.



Nave central de la iglesia. Capillas laterales. Presbiterio al fondo. La bóveda se ha hundido. Pila de agua bendita junto a la entrada.



Bajo el coro, escalera de acceso y pila bautismal.




Ermita de la Virgen del Amor Hermoso, conocida popularmente como Virgen de Arriba.



Escuela de San Vicente. Estaba situada en la planta de arriba, quedando la planta baja como salón de baile. Actualmente es la sede de la Asociación Amigos de San Vicente de Munilla.



Placa en azulejo con el nombre del pueblo.




Calle del Sol.




Lavadero.




Calle del Sol.




Calle del Sol.




Calle del Sol.




Cualquier tramo de calle es muy sugerente y atractivo.




Tejados de San Vicente.




Confluencia de calles. Por la izquierda a la escuela, por la derecha a la plaza.



Eras. Espadaña.




Ermita de los Dolores. A cuatrocientos metros del pueblo.




Imagen de San Vicente desde la ermita. Bancales por debajo del pueblo creados para sacar todo el rendimiento posible al terreno en una ingente y laboriosa labor del hombre durante años.